Por P. Jack Podsiadlo, SJ

Para leerlo en ingles: http://www.mdsj.org/news-detail?TN=NEWS-20160224101536

Hace poco me pidieron entregar un cheque certificado por la liberación de un miembro de nuestra iglesia de la detención en la oficina de Richmond del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas). Nadie en la familia podría realizar esta tarea bastante común ya que no fueron capaces de presentar prueba de estatus legal de inmigración, identificación con foto o un número de seguro social. Así que ofrecí mis servicios, pensando que iba a completarse en dos horas.

El centro del ICE de Richmond se encuentra en un complejo de oficinas y se identifica sólo por su dirección y una pequeña señal colocada en un macizo de flores. Los clientes, sin embargo, se destacan un poco más; en su mayoría latinos más una persona de vez en cuando del Oriente Medio o África. Las mujeres, a menudo embarazadas, cargando a uno o dos niños, usando un brazalete electrónico cerrado con candado en el tobillo, llegan a sus audiencias periódicas de su predeportación.

La sala de espera llena rápidamente y se vacía lentamente. Primero el registro corporal, luego la recogida de datos, luego la espera y espera y espera. Agentes, armados en la cadera, se precipitan dentro y fuera, sin darse cuenta de la humanidad que los rodea. De vez en cuando, un agente latino murmura, “buenos días”. La sala nunca está silenciosa. Los latinos están siempre dispuestos a compartir historias de su patria o cruce de la frontera, o la vida en los EE.UU. que por lo general incluye los sacrificios para llegar a las instalaciones del ICE que parecen a igual distancia de todas las principales concentraciones de latinos en Virginia.

Luego viene la inevitable pregunta: “¿dónde está el baño?” Uno de los guardias uniformados responde en español que hay que salir de la instalación y manejar a la carretera principal al McDonalds. La ironía es que la mayoría de estas personas fueron arrestados por falta de licencia de manejar. Ahora se les dice que manejen hasta el baño.

Llegué a las 9:30, a sólo media hora después de la apertura. Sólo dos personas estaban delante de mí. Pensé que podría llegar e irme rápidamente. Ambos eran de El Salvador, tratando de enviarles dinero y billetes de autobús a parientes detenidos en la frontera de Texas, con la esperanza de que si todo saliera bien, habría una reunión familiar en unos pocos días.
La única administradora civil tomó su tiempo para reunir información y luego regresar a su cubículo y luego salir de nuevo y regresar a su cubículo. Siempre tenía un guardia a su lado. Alrededor de las 11:00 un joven padre de Guatemala llegó con su hijo de cuatro años a cuestas. Llegaron en Richmond cerca de la Navidad después de la caminata de mil millas a través de México, donde, dijo el padre, no fueron tratados bien y fueron robados de la mayor parte de su dinero.

Alrededor de la 1:30, a solas en la sala de espera, me atendieron. Uno de los guardias le dijo a la administradora que “el predicador está todavía fuera.” Ella salió disculpándose, procesó rápidamente el cheque y dijo que iba a informar al personal del centro de detención que la fianza fue pagada y mi parte debía prepararse para liberación.

El centro de detención del ICE se encuentra en Farmville, VA, a una hora y media en carro a través de la Virginia rural. Llegué alrededor de las 2:00, pasé por la seguridad y me dijeron que podía esperar en el interior o en el exterior donde la liberación se llevaría a cabo. Estaba a unos 35 grados fuera, así que decidí esperar adentro. Un joven abogado y su asistente de Raleigh también esperaban una liberación así como una madre y su hija de Virginia del Norte. Esperamos y esperamos y esperamos. Alrededor de las 7:30 nos dijeron que saliéramos para la calle; los detenidos serían liberados momentáneamente. Caminamos por el estacionamiento y nos calentamos en nuestros carros. Y esperábamos. Alrededor de las 8:00, alguien gritó: “Aquí vienen.” Realmente no sabía cómo era mi hombre físicamente. Yo sólo grité: “¡Florentino, Florentino!”

Florentino apareció, vestido como estaba la noche en que fue detenido por la policía y le pidió su licencia de conducir. Usaba la misma camisa multicolor que llevaba la imagen de la Virgen de Guadalupe, arremangada, abierta hasta el tercer botón – estilo de fiesta; no la ropa apropiada para el clima de 35 grados. Él rechazó la oferta de mi abrigo.

Nos dirigimos de nuevo a Richmond. Hablamos. “Estábamos a casi 100 a 150 en un dormitorio”, dijo Florentino. “Había cuatro dormitorios. Cada hombre tenía su propio cubículo que nadie más debía entrar. Tuvimos tres comidas al día, pero carne – pollo – sólo dos veces a la semana. Pasamos la mayor parte del día en el gimnasio. Todos los mandatos se gritaron en inglés. Algunos se metieron en problemas por no entender; algunos fueron castigados, pero en general, no era realmente tan malo “.

Paramos para pizza y café, y luego nos dirigimos a casa. Florentino comparte un tráiler en uno de los parques de casas rodantes notorios que rodean la ruta US 1. Me dio las gracias profusamente y le preguntó cómo me lo podía pagar. “Deja que te vea en la misa el próximo domingo.” Entré en nuestro estacionamiento a las diez; once horas desde que me dirigí a la oficina del ICE.

Sin duda fue un día frustrante pero uno perspicaz. Era una vista a lo que miles de personas sin papeles experimentan en todo el país día tras día tras día. Pero también fue una experiencia de las cuestiones sistémicas que causan tal frustración. Las personas que trabajan para el ICE no son malas personas. Ellos, como todos los demás, están tratando de ganar su “pan de cada día” y mantener a sus familias.

Si estos inmigrantes llamados “sin papeles” residen por años en Virginia, trabajan, pagan impuestos, no tienen antecedentes penales, van de compras, envian a sus hijos a la escuela, asisten a las iglesias locales y son respetuosos de la ley, ¿por qué no pueden obtener una licencia de manejar? Podría llevar el sello de “no para fines federales o de voto”. Este simple acto evitaría a tantos de ser arrestados y eliminaría el primer paso de este proceso largo y costoso. Otros once estados ofrecen este tipo de identificación y encuentran que millones de nuevos dólares fluyen en su Tesoro.

¿Por qué no puede un baño público instalarse en el centro del ICE? ¿Por qué se sitúan los centros de detención a una distancia tan lejos de centros grandes de población, haciendo que visitas sean una tarea difícil o imposible?

Ciertamente hay necesidad de una reforma inmigratoria, tanto al nivel federal como estatal. Pasar un día como lo hice, recalca la urgencia de dicha reforma.
P. Jack Podsiadlo, SJ, es director del Instituto de Liderazgo Latino del Centro del Sagrado Corazón.

Traducción por Emmy Smith Ready